Vengo al Val d'Aran cada verano y cada verano me fascina igual. Son mis días de escalar, correr y rodar sin descanso, porque aquí todo invita a moverse. La gente vive por y para el deporte, y aunque no lo practiques lo entiendes: compartes un espacio pensado para eso. Con cumbres, puertos y paredes a un paso de la puerta, parece que el día tiene más horas. La unidad mínima de entrenamiento es enorme, y en sitios así es donde nacen las ganas de hacer cosas más grandes.

Salgo sobre las siete. Hace frío para ser julio y las nubes bajas todavía se agarran al fondo del valle, como cada mañana, pero el sol ya asoma y se nota que va a gobernar pronto. Llevo lo justo: tres geles, dos dátiles, una barrita y un único soft flask de 750 ml. Un buen amigo escalador me dijo una vez que en el Pirineo en verano nunca te va a faltar agua y que no cargue nunca de más. Es una idea que me traje de la escalada, ese mundo en el que cortas hasta las etiquetas de la ropa y el bajo que sobra del pantalón para no llevar ni un gramo de más.
El primer kilómetro es asfalto y engaña. En Gausac la pista se vuelve sendero y el sendero empieza a empinarse sin avisar. Hasta la Bassa d'Oles todavía se puede trotar a ratos. Allí el terreno da una tregua de medio kilómetro, y después llega el muro: 500 metros de desnivel en poco más de uno de distancia, con rampas del 38 %. Ahí nadie corre. Se sube con las manos en las rodillas, mirando dos metros por delante. Me cruzo con tres personas que no parecen estar disfrutando tanto como yo de sufrir en esa pendiente. Incluso quejandose por estar allí, me resulta muy curioso. Supongo que como cualquier persona que lea esto y piense que estoy loco.
“Ahí nadie corre. Se sube con las manos en las rodillas, mirando dos metros por delante.”

La antena del Moncorbison (2.173 m) llega de golpe. La cresta hacia el Tuc de Letassi por fin deja respirar y mirar alrededor: el Aran entero abajo y la línea de cumbres marcando el camino. Me acompaña una horda de cuervos, y en plena cresta pasan tres buitres enormes que, desde ahí arriba, tenerlos a pocos metros me parecen del tamaño de un coche. Bajo a un collado y vuelvo a subir, con las piernas avisando, hasta el Montpius, a 2.270 m, el techo del día. Es desde aqui donde tengo una terraza natural increible con vistas al macizo de la Maladeta, donde habita el Aneto y su glaciar, cada año más reducido.


Arriba ya no queda agua, ni en el bidón ni en la montaña. Cresteando a estas alturas no hay fuentes, y durante tres largas horas me acuerdo mucho de mi amigo y de su consejo. La comida va bien. Muchos geles me los tomo más por obligación científica que porque el cuerpo me los pida aunque se sienten como gasolina.
Después viene el mejor tramo, un altiplano donde por fin se corre, y en el que los únicos que me cruzo son unos pastores con sus rebaños. Luego toca pagar: 700 metros de bajada en menos de cuatro kilómetros, con terreno roto y pendientes que obligan a frenar. Aun así bajo sonriendo, rebotando de piedra en piedra. El balcón a media ladera suelta las piernas y el último tramo hasta Vielha se baja rápido, ya oliendo el pueblo y donde pude encontrar un arroyo para beber.
“Bajo sonriendo, rebotando de piedra en piedra.”

No son cumbres majestuosas de 4.000 metros, pero correr entre ellas ya se parece a escalar. Pocas cosas me enganchan tanto como moverme rápido y ligero por la montaña: cubrir kilómetros de terreno técnico, entrar y salir de valles, sentirme abrazado por las montañas. Es la ruta de la Montpius Skyrace, hecha en solitario. De un sitio así siempre se queda algo mío allí y siempre me llevo algo de allí.
